Mostrando entradas con la etiqueta Paul Auster. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Paul Auster. Mostrar todas las entradas

martes, 20 de marzo de 2012

"El palacio de la luna", de Paul Auster


Sigo leyendo a Auster. Después de "El país de las pequeñas cosas", por orden cronológico, "El Palacio de la Luna", así, con mayúsculas. Me ha gustado mucho, bastante más que el anterior. Se nota claramente la transición del casi surrealismo explícito de los libros anteriores a una narración mas limpia y realista, aunque con muchísimos elementos simbólicos. Empezando por el nombre del protagonista, Marco Stanley Fogg, homenaje algo simplista a tres de los grandes viajeros de la historia, real y escrita: Marco Polo, Henry Morton Stanley (Dr. Livinsgtone supongo) y el Phileas Fogg de Julio Verne. Al fin y al cabo, la novela no es sino la narración de múltiples viajes, interiores, físicos y temporales.



Más que hacer una reseña extensa me apetece copiar algún texto del libro. Podría reproducir muchos párrafos. He seleccionado uno, que hace referencia a los libros, que me gusta en especial:

"Fue entonces cuando empecé a leer los libros del tío Victor. Dos semanas después del entierro, elegí al azar una de las cajas, corté cuidadosamente la cinta adhesiva con un cuchillo y leí todo lo que había en su interior. Resultó ser una extraña mezcla, embalados sin ningún orden o propósito aparente. Había novelas y obras de teatro, libros de historia y de viajes, manuales de ajedrez y novelas policíacas, ciencia ficción y filosofía; un caos absoluto de letra impresa. No me importaba. Leí todos los libros hasta el final y me negué a juzgarlos. Por lo que a mi concernía, cada libro era igual a todos los demás, cada frase se componía del número adecuado de palabras y cada palabra estaba exactamente donde tenía que estar. Esa fue la forma que elegí de llorar la muerte del tío Victor. Una por una, abriría cada caja, y uno por uno, leería cada libro. Esa era la tarea que me habla fijado, y la cumplí hasta el final. Todas las cajas contenían una mezcolanza similar a la primera, un batiburrillo de malo y bueno, montones de literatura efímera esparcidos entre los clásicos, manoseados libros de bolsillo emparedados entre ejemplares de tapas duras, noveluchas baratas alternando con Donne y Tolstoi. El tío Victor nunca había organizado su biblioteca de ninguna forma sistemática. Cuando compraba un libro lo colocaba en el estante al lado del que había comprado antes de ése, y poco a poco las hileras se iban extendiendo, ocupando mayor espacio a medida que pasaban los años. Así era precisamente como habían entrado los libros en las cajas. La cronología, al menos, estaba intacta, la secuencia se había preservado por omisión. Consideré que éste era un orden perfecto. Cada vez que abría una caja penetraba en un segmento nuevo de la vida de mi tío, un período determinado de días, semanas o meses, y me consolaba pensar que estaba ocupando el mismo espacio mental que mi tío habla ocupado antes, leyendo las mismas palabras, viviendo las mismas historias, quizá albergando los mismos pensamientos. Era casi como seguir la ruta de un explorador de tiempos lejanos, repitiendo sus pasos cuando se abría camino por las tierras vírgenes, avanzando hacia el oeste con el sol, persiguiendo la luz hasta que finalmente se extinguía. Dado que las cajas no estaban numeradas ni etiquetadas, no tenía modo de saber de antemano en qué período iba a entrar. El viaje, por tanto, estaba hecho de breves excursiones discontinuas. De Boston a Lenox, por ejemplo. De Minneapolis a Sioux Falls. De Kenosha a Salt Lake City. No me importaba tener que ir dando saltos por el mapa. Al final, se llenarían todas las lagunas, se cubrirían todas las distancias. Ya había leído muchos de esos libros y otros me los había leído Victor en voz alta: Robinsón Crusoe, El doctor Jekyll y Mr. Hyde, El hombre invisible. Sin embargo, no dejé que eso se interpusiera en mi camino. Me adentré en todos con la misma pasión, devorando las obras conocidas tan ávidamente como las nuevas. "



Portada de la primera edición - 1989

domingo, 22 de enero de 2012

"El país de las últimas cosas", de Paul Auster


"El país de las últimas cosas", publicada originalmente en 1987, es la obra inmediatamente posterior a la "Trilogía de Nueva York" (1985-86).

"Anna Blume cuenta, en una carta a su novio, enviada desde una ciudad sin nombre, lo que sucede en "El país de las últimas cosas". Anna está allí para buscar a su hermano William, y describe una tierra en la que la búsqueda de la muerte ha reemplazado a los avatares de la vida: las clínicas de eutanasia y los clubes para el asesinato florecen, mientras que los atletas y los corredores no se detienen hasta caer muertos de cansancio. Pero Anna intentará sobrevivir a este país devastado."

 "El país de las últimas cosas" es una novela bastante surrealista, a mitad camino entre la ciencia-ficción y la literatura del absurdo. Transcurre en un mundo que podría ser post-apocalíptico si no fuera porque nada nos explica los motivos de lo que sucede. Para mí, es una novela de transición entre la trilogía inicial, mas cerrada y absurda, y la obra posterior de Auster, mucho más abierta y realista. Pero ya hay grandes avances y al autor se le van notando esas características de gran narrador que se reflejan en toda su obra. Al fin y al cabo, lo que da credibilidad al libro es sobre todo la gran capacidad narrativa de Auster, que como siempre, te va llevando por el texto de una forma tremendamente eficaz.

Copio dos párrafos que dan idea del tono de la novela. En particular el último me gusta mucho. Es aplicable por ejemplo a este mundo en crisis en el que vivimos, en el que lo que era está dejando de ser y aún no sabemos como adapatarnos.


"Éstas son las últimas cosas —escribía ella—. Desaparecen una a una y no vuelven nunca más. Puedo hablarte de las que yo he visto, de las que ya no existen; pero dudo que haya tiempo para ello. Ahora todo ocurre tan rápidamente que no puedo seguir el ritmo. No espero que me entiendas. Tú no has visto nada de esto y, aunque lo intentaras, jamás podrías imaginártelo. Éstas son las últimas cosas. Una casa está aquí un día y al siguiente desaparece. Una calle, por la que uno caminaba ayer, hoy ya no está aquí. Incluso el clima cambia de forma continua.

Cuando vives en la ciudad, aprendes a no dar nada por sentado. Cierras los ojos un momento, o te das la vuelta para mirar otra cosa y aquella que tenías delante desaparece de repente. Nada perdura, ya ves, ni siquiera los pensamientos en tu interior. Y no vale la pena perder el tiempo buscándolos; una vez que una cosa desaparece, ha llegado a su fin."


"Tal vez el mayor problema sea que la vida, tal como la conocíamos, ha dejado de existir pero, aun así, nadie es capaz de asimilar lo que ha sobrevenido en su lugar. A aquellos de nosotros que nacimos en otro lugar, o que tenemos la edad suficiente como para recordar un mundo distinto de éste, el mero hecho de sobrevivir de un día para el otro nos cuesta un enorme esfuerzo. No me refiero sólo a la miseria, sino a que ya no sabemos cómo reaccionar ante los hechos más habituales y, como no sabemos como actuar, tampoco nos sentimos capaces de pensar. En nuestras mentes reina la confusión; todo cambia a nuestro alrededor, cada día se produce un nuevo cataclismo y las viejas creencias se transforman en aire y vacío. He aquí el dilema, por un lado queremos sobrevivir, adaptarnos, aceptar las cosas tal cual están; pero, por otro lado, llegar a esto implica destruir todas aquellas cosas que alguna vez nos hicieron sentir humanos. ¿Entiendes lo que quiero decir? Para vivir, es necesario morir, por eso tanta gente se rinde, porque sabe que no importa cuán duramente pelee, siempre acabará perdiendo y, entonces, ya no tiene sentido la lucha."


jueves, 22 de septiembre de 2011

"Sunset Park", de Paul Auster


He visto críticas dispares sobre la última novela de Auster. No sé si en mi caso influye que lo descubrí no hace mucho y que por tanto, me falta buena parte de su obra por leer, pero a mí me ha gustado mucho.

"Miles Heller tiene veintiocho años, y a los veinte abando­nó la universidad, se despidió de sus padres, dejó Nueva York, y nadie ha vuelto a saber nada de él. Ahora vive en Florida, y trabaja para una empresa que se encarga de vaciar las viviendas de los desahuciados. Además de aca­rrear bultos y repintar paredes, Miles saca fotos de todas las cosas abandonadas para probar que los fantasmas de esa gente aún están presentes. Miles vive con lo mínimo, y habría seguido así de no haber sido por Pilar Sanchez. El único inconveniente es la edad de Pilar: dieciséis años. Y como Miles puede ir a la cárcel por la relación con una menor, y la codiciosa hermana de Pilar comienza a chan­tajearlos, regresa a Nueva York y espera allí la mayoría de edad de Pilar. Su vuelta es el retorno al pasado y a sus secretos; a su padre, un brillante editor; a su madre, una actriz implacablemente seductora. Y también la vuelta a la comunidad de Sunset Park y a sus compañeros okupas; a la vida, con todos sus horrores y esplendores."

El arranque del libro es magnífico. Con esa prosa aparentemente sencilla y deslizante que le caracteriza, Auster nos sitúa de un plumazo en el Nueva York de la crisis.

"Durante casi un año ya, viene tomando fotografías de cosas abandonadas. Hay como mínimo dos servicios al día, a veces hasta seis o siete, y siempre que entra con sus huestes en otro domicilio, se enfrenta con las cosas, los innumerables objetos desechados por las familias que se han marchado. Los ausentes han huido a toda prisa, avergonzados, confusos, y seguro que dondequiera que habiten ahora (si es que han encontrado un lugar para vivir y no han acampado en la calle) sus nuevas viviendas son más pequeñas que los hogares que han perdido. Cada casa es una historia de fracaso –de insolvencia e impago, deudas y ejecución de hipoteca– y él se ha propuesto documentar los últimos y persistentes rastros de esas vidas desperdigadas con objeto de demostrar que las familias desaparecidas estuvieron allí una vez, que los fantasmas de gente que nunca verá ni conocerá siguen presentes en los desechos esparcidos por sus casas vacías."

(...)

A estas alturas, ya tiene miles de fotografías, y entre su creciente archivo pueden encontrarse imágenes de libros, zapatos y cuadros al óleo, pianos y tostadoras, muñecas, juegos de té y calcetines sucios, televisores y juegos de mesa, vestidos de fiesta y raquetas de tenis, sofás, lencería de seda, pistolas de silicona, chinchetas, soldaditos de plástico, barras de labios, rifles, colchones descoloridos, cuchillos y tenedores, fichas de póquer, una colección de sellos y un canario muerto que yace en el fondo de su jaula. No sabe por qué se siente impelido a tomar esas fotografías. Comprende que es una empresa vana, que a nadie puede ser de utilidad, y sin embargo cada vez que pone los pies en una casa, siente que las cosas lo llaman, que le hablan con las voces de la gente que ya no está, pidiéndole que las mire una vez más antes de que se las lleven."

A partir de ahí, y en ese marco, Sunset Park es la novela de unas vidas rotas, en las que el autor deja pocas puertas a la esperanza. Con unos personajes perfectamente construidos, sorprende como esa desesperanza el autor la sitúa incluso más en las generaciones jóvenes que en las de los mayores, como si esas generaciones no acabaran de encontrar su lugar en el caos, y como incluso cuando lo encuentran, cuando empiezan a construir un futuro personal, la sociedad tampoco lo tolera.

Tal vez ese último aspecto es lo que más duro me ha resultado. A riesgo de desvelar algo del final para quien no haya leído el libro, es ese sombrío final lo que más tristeza me ha producido. Cuando parecía que empezaba a apuntarse una posibilidad, caminos propios, esperanza al fin y al cabo, el libro acaba mal y cierra puertas. Posiblemente es el final lógico, pero me hubiera gustado más una puerta abierta. Aunque eso no es una crítica a la novela, en todo caso sería una crítica a la vida.

De las crónicas que he leído, una de las que más me gustado es la de Lamemmour. Dejo el enlace:

http://delibroenlibro-lamemmour.blogspot.com/2011/06/aul-auster-y-las-metaforas.html


PD: Por cierto, en esa crónica la autora enlaza con otro blog que me ha encantado, "Viajes desde mi sillón", en el que el autor documenta ampliamente los lugares y las referencias que aparecen en las novelas que comenta. Entre otros, libros de Fred Vargas, Domingo Villar o María Dueñas, a la que hace un homenaje muy personal. Os lo recomiendo. Aquí está el enlace a la novela de Auster:

http://paseandocon.blogspot.com/2011/03/paul-auster-sunset-park.html



sábado, 9 de octubre de 2010

"Invisible", de Paul Auster



Después de "El cuaderno rojo" me quedé con ganas de seguir leyendo a Auster, así que he saltado al final, a su última obra publicada, "Invisible", editada en 2009. Y de nuevo me ha parecido magnífica.

La historia que se nos cuenta está dividida en cuatro secciones. En la primera, narrada en primera persona, asistimos al encuentro en 1967 entre el protagonista-narrador, Adam Walker, estudiante en Columbia, y un oscuro personaje, Rudolf Born, que le propone publicar una revista literaria. La relación dará pié a un triángulo amoroso con Margot, la novia de Born, y a un final sorprendente que incluye una muerte violenta.

La novela empieza así: "Le estreché la mano por primera vez en la primavera de 1967. Por entonces yo era un estudiante de segundo curso en Columbia, un muchacho sin formar con ansia de libros y la creencia (o ilusión) de que algún día tendría las suficientes cualidades para considerarme poeta, y como leía poemas, ya conocía a su tocayo del infierno de Dante, un muerto que iba arrastrando los pies por los últimos versos del canto veintiocho del Inferno. Bertrán de Born, el poeta provenzal del siglo XII, que llevaba cogida del pelo su cabeza cortada, haciéndola oscilar de un lado a otro como un farol."

En la segunda sección descubrimos que lo que hemos leído en la primera es en realidad un texto escrito por el propio Adam Walker contando algunos episodios de su vida en los años 60 y que en concreto ese texto es el fragmento denominado "Primavera", primera parte de una novela llamada "1967". Nos lo cuenta un segundo personaje, James Freeman, compañero de juventud de Walker, y convertido en escritor con cierto renombre:

"En los remotos tiempos de nuestra juventud, Walker y yo habíamos sido amigos. Ingresamos juntos en Columbia en 1965, dos estudiantes de primer curso procedentes de Nueva Jersey, y durante los cuatro años siguientes nos movimos en los mismos círculos, leímos los mismos libros, compartimos las mismas aspiraciones. Luego se licenció nuestra promoción, y perdí el contacto con él. A principios de los años setenta, me encontré con alguien y me dijo que Adam estaba viviendo en Londres (o quizá en Roma, no lo sabía con certeza), y aquélla fue la última vez que oí mencionar su nombre. Durante los treinta y tantos años siguientes, apenas me acordé de él, pero cuando lo hacía siempre me preguntaba cómo se las había arreglado para desaparecer sin dejar rastro."

Asistimos en una primera fase al contacto reestablecido entre los dos amigos, en el que el escritor le anima a Walker a acabar de contar su historia, hasta que finalmente, en la segunda parte de esta sección le envía un segundo texto "Verano", escrito esta vez en una segunda persona autoreflexiva, para contarle uno de los mejores fragmentos de la novela, la relación especial que Walker mantuvo con su propia hermana mayor en un momento de su vida, historia que curiosamente en otro momento del libro su propia hermana negará, en una confusión permanente entre ficción y realidad.
La tercera sección del libro empieza con el viaje de Freeman a California para buscar en persoana a Walker:

"Una semana después de leer el texto de Verano, me encontraba en California, en Oakland, llamando al timbre de la casa de Walker. No le había escrito ni llamado para decirle lo que pensaba de la segunda parte de su libro, y él tampoco se había puesto en contacto para preguntar."

Al llegar, Walker acaba de fallecer, aunque ha dejado dispuesto que le entreguen a Freeman las notas de la tercera parte del libro que está escribiendo, la denominada "Otoño", que esta vez, para introducir aún un mayor distanciamiento, ha escrito en tercera persona. En esa parte se cuenta el viaje de Walker a París en 1967 donde se encontrará de nuevo con Born y con Margot, y también con lo que parece ser el entorno más próximo de Born, una mujer llamada Hélene y su hija Cécile, quien se enamorará de Walker. El viaje acabará mal y Walker tendrá que volver de forma precipitada a su país.

Finalmente, en la cuarta sección, Freeman nos cuenta los últimos pasos que dió con el texto de Walker. Después de una larga conversación con la hermana, decide publicar el texto, pero alterando todas las identidades. Para corroborar algunos aspectos de la historia decide contactar con Cecile, quién, a modo de epílogo, le proporcionará su diario del extraño encuentro final que tuvo con Rudolf Born en una isla del Caribe, diario que cierra el libro.



Aunque mi resumen pueda parecer confuso, el libro está muy bien escrito y construido. Auster es un gran contador de historias, y te va llevando por los distintos niveles de lectura sin que apenas te des cuenta de la complejidad de la arquitectura. Juega permanentemente con las identidades de los personajes y con la confusión entre realidad y ficción, entre la literatura y la vida, hasta componer un mosaico perfectamente ensamblado. La historia entre Walker y su hermana, cierta o falsa, realidad o simplemente deseo, es buen ejemplo de ese juego, y a la vez, la mejor muestra de la calidad de su escritura. Tendré que seguir leyendo a Auster y recuperar las obras anteriores.



Links: A una página donde se anuncia la inmediata publicación de una nueva novela, "Sunset Park", y se ofrece un fragmento inicial en inglés.




jueves, 30 de septiembre de 2010

"El cuaderno rojo", de Paul Auster



Después de leer la "Trilogía de Nueva York" me quedé con ganas de volver a leer a Paul Auster, dado que me había dejado un sabor agridulce. Por un lado tenía la sensación de haber encontrado un gran narrador. Pero por otro, las historias de la trilogía no me habían acabado de atrapar. Así que me apetecía volver a intentarlo. Nada mejor entonces que usar como test un libro corto, de apenas 100 páginas para verificar ese contraste. Y el resultado me confirma la intuición inicial. Auster es un gran escritor y un gran contador de historias. 

"El cuaderno rojo" es una pequeña colección de historias cortas, aparentemente reales (con Auster nunca se sabe donde empieza la realidad y la ficción), que narran algunos momentos de su propia vida o de gente próxima. En particular hacen referencia a las coincidencias, a veces absurdas, a veces increibles por improbables, que en ocasiones marcan la vida de la gente. No es casualidad que el título del magnífico prólogo escrito por Justo Navarro en el libro sea precisamente "El cazador de coincidencias".

Auster aprovecha además para darle otra vuelta de tuerca a la historia escrita en "Ciudad de cristal", las famosas llamadas realizadas en la noche preguntando por el detective Paul Auster. Y también para contar pequeñas anécdotas que reflejan la distinta visión que se puede tener de un acontecimiento en función de la posición que se juega en el mismo.

Como muestra reproduzco un fragmento de un capítulo en el que se narra lo que pudieron ser varios accidentes mortales. En particular me gusta la historia de la niña. Espero que la editorial (Anagrama por cierto), no me denuncie por reproducción ilegal. Y espero también que os guste:

"Una tarde de hace muchos años a mi padre se le caló el coche en un semáforo en rojo. Se había desencadenado una terrible tormenta y, en el preciso momento en que el motor fallaba, un rayo alcanzó un gran árbol de la calle. El tronco del árbol se partió en dos y, cuando mi padre se esforzaba en volver a arrancar el motor (sin darse cuenta de que la mitad superior del árbol estaba a punto de desprenderse), el conductor del coche que lo seguía, viendo lo que iba a suceder, pisó el acelerador y empujó el coche de mi padre más allá del cruce. Un instante después, el árbol se estrellaba contra el suelo, en el sitio exacto que había ocupado el coche de mi padre. Lo que estuvo a punto de convertirse en su final, milagrosamente no pasó de ser una anécdota en la historia inacabada de su vida.


Un año o dos más tarde, mi padre estaba trabajando en el tejado de un edificio en Nueva Jersey. No sé cómo (yo no estaba presente), resbaló del alero y se precipitó al vacío. Otra vez iba de cabeza al desastre, y otra vez se salvó. Un tendedero frenó su caída, y escapó del accidente con apenas unos chichones y algunas magulladuras. Ni siquiera una conmoción. Ni siquiera un hueso roto.


Ese mismo año nuestros vecinos de enfrente encargaron a dos hombres que pintaran su casa. Uno de los trabajadores se cayó del tejado y se mató.

Resulta que la niña que vivía en aquella casa era la mejor amiga de mi hermana. Una noche de invierno, fueron juntas a una fiesta de disfraces (tenían seis o siete años, y yo tenía nueve o diez). Mi padre había quedado en recogerlas después de la fiesta, y, a la hora convenida, yo lo acompañé en el coche. Aquella noche hacía un frío que pelaba, y las calles estaban, cubiertas por traicioneras capas de hielo. Mi padre condujo con prudencia, e hicimos sin problemas el trayecto de ida y, vuelta.


Pero cuando nos detuvimos frente, a la casa de la niña, de repente se desencadenó una serie de acontecimientos inverosímiles. La amiga de mi hermana iba disfrazada de princesa de cuento de hadas. Para completar el disfraz, había cogido un par de zapatos de tacón de su madre, y, como le bailaban los pies en aquellos zapatos, cada paso que daba se convertía en una aventura. Mi padre paró el coche y se apeó para acompañarla hasta su puerta. Yo iba detrás con las chicas, y, para dejar salir a la amiga de mi hermana, me tuve que bajar primero. Me recuerdo de pie en la acera mientras ella conseguía salir, y, en el momento en que la niña sacaba el pie, noté que el coche se deslizaba lentamente marcha atrás, quizá por el hielo, quizá porque mi padre había olvidado echar el freno de mano (no lo sé); pero, antes de que pudiera avisar a mi padre de lo que pasaba, la amiga de mi hermana apoyó en la acera los tacones de su madre y se resbaló. Cayó bajo el coche –que seguía moviéndose–, estaba a punto de morir aplastada por las ruedas del Chevrolet de mi padre. Por lo que puedo recordar, no hizo el menor ruido. Sin pararme a pensar me agaché, le cogí con fuerza la mano derecha y de un tirón la subí a la acera. Un instante después, mi padre notó por fin que el coche se movía. Saltó al asiento del conductor, puso el freno y detuvo el coche. Desde el principio hasta el final, la cadena completa de desgracias no debió de durar más de ocho o diez segundos.


Durante años he tenido la sensación de que éste había sido el momento más hermoso de mi vida. Había salvado la vida de una persona, y, retrospectivamente, siempre me ha sorprendido la rapidez con que reaccioné, la seguridad de mis movimientos en aquella situación crítica. Volvía a imaginarme el salvamento una y otra vez; una y otra vez revivía la sensación de sacar a la niña de debajo del coche.


Un par de años después de aquella noche, nuestra familia se mudó de casa. Mi hermana perdió el contacto con su amiga, y yo no volví a verla hasta quince años más tarde. Era junio, y mi hermana y yo habíamos vuelto a la ciudad a pasar unos días. Por casualidad su antigua amiga apareció y nos saludó. Había crecido mucho, ahora era una joven de veintidós años recién licenciada, y debo decir que sentí un cierto orgullo al ver que había llegado a adulta sana y salva. Sin darle importancia, hice alusión a la noche en que la había sacado de debajo del coche. Tenía curiosidad por saber cómo recordaba su encuentro con la muerte, pero por la expresión de su cara cuando le hice la pregunta era evidente que no recordaba nada. Una mirada vaga. Un leve fruncimiento de cejas. Un encogimiento de hombros. ¡No recordaba nada!


Entonces me di cuenta de que no se había enterado de que el coche se movía. Ni siquiera se había enterado de que estaba en peligro. Todo el incidente había durado lo que dura un relámpago: diez segundos de su vida, un intervalo sin consecuencias, que no había dejado en ella el menor rastro. Para mí, sin embargo, aquellos segundos habían sido una experiencia definitiva, un acontecimiento extraordinario de mi historia íntima. Lo que más me asombra es admitir que estoy hablando de algo que sucedió en 1956 o 1957, y que la niña de aquella noche tiene ahora más de cuarenta años."




martes, 13 de julio de 2010

"Trilogía de Nueva York", de Paul Auster



Primera aproximación al mundo de Paul Auster. Me deja sensaciones contradictorias. Tiene una prosa hipnótica. Te engancha y te hace avanzar pese a que la historia que te está contando, a veces te expulsaría, te dejaría atrás. Escribe muy bien, francamente bien. Y sin embargo, las historias resultan poco creíbles, o mejor, a veces resultan excesivas. Necesita demasiado tiempo para generar ese deslizamiento entre la realidad y lo absurdo que, por ejemplo, un Cortázar resolvía en apenas unas líneas. Sin embargo, reitero que engancha, y la mejor prueba es que después de esta primera trilogía he leído algunos títulos más que iré comentando, y que me confirman esa idea de que estamos ante un gran escritor.

Pero volviendo atrás, y para situarnos, hay que recordar para quien no lo conozca, que Paul Auster es un escritor americano nacido en 1947. Ha tenido un enorme éxito en su país, pero casi diría que más aún en Europa, en particular en Francia y en España, donde fue Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2006. Aquí goza del entusiasmo y complicidad de algunos autores significativos, y por ejemplo, es uno de las referencias constantes de nuestro Vila-Matas. Después de una biografía personal complicada, la Trilogía de Nueva York, publicada inicialmente en tres partes entre 1985 y 1986, constituye su primer gran éxito y supone su reconocimiento internacional.


La Trilogía está formada por tres relatos, “Ciudad de cristal” , “Fantasmas” y “La habitación cerrada”. La primera historia está construida a partir de una llamada telefónica equivocada, que además se basa en un hecho real que le sucedió al escritor. Alguien llama, buscando a un detective llamado Paul Auster, a un escritor de novelas detectivescas llamado Daniel Quinn. Y esa equivocación da lugar a una historia compleja, a mitad camino entre la serie negra y la novela del absurdo, con múltiples niveles de realidad que se entremezclan, en el que por ejemplo, vuelve a aparecer un Paul Auster escritor. El juego de niveles entre realidad y ficción es permanente y realmente da juego en todo el relato. Además, la historia es a su vez, una reflexión sobre el propio proceso narrativo, en el que se incorpora un homenaje explícito a Cervantes, pues no casualmente las iniciales del protagonista son las de Don Quijote.



La segunda historia, “Fantasmas”, cuenta la historia de un detective que tiene que investigar a otro detective, y que a su vez, acabará siendo el objetivo, en un relato cada vez más confuso y absurdo.


Finalmente, “La habitación cerrada”, para mí el mejor relato de los tres, el más maduro, narra el encuentro de un novelista con el entorno de un amigo de su juventud, también escritor, y el progresivo proceso de suplantación o identificación de personalidad que se desencadena a partir de ese momento.




Todas las historias presentan una apariencia atractiva de novela de suspense que se desliza lentamente a un ambiente casi kafkiano, surrealista, en el que Auster procede a dar progresivamente nuevas vueltas de tuerca a la narración.


Vuelvo a las impresiones iniciales. Auster escribe muy bien. No sé si es el ritmo o la construcción de las frases, pero atrapa. Y si se le añade el uso del suspense como elemento adicional para jugar con la realidad, acaba generando una mezcla atractiva. Pese a todo, al menos estas primeras novelas me parecen inmaduras, en particular “Fantasmas”, la que menos me ha gustado, la más aburrida o absurda de las tres. Pero en “Ciudad de cristal”, aunque aún de forma más artificiosa, y sobre todo en “La habitación cerrada”, de manera más natural, se apunta un gran escritor, capaz de descubrirnos una nueva mirada sobre nuestra realidad cotidiana.



Links: A la página web casi-oficial de Auster:


A un artículo de El País, sobre el primer encuentro entre Auster y Vila-Matas: