Ahora, a las 2,20 horas, hace exactamente cien años que se hundió el Titanic, el 15 de abril de 1912. Joseph Conrad, que había sido marino antes de dedicarse a la escritura, se vió profundamente impactado, primero por la catástrofe y después por la despreciable investigación que se realizó para establecer sus causas. En el mismo año 1912 publicó dos artículos en la "English Review", en los que deja constancia de sus reflexiones, tanto técnicas como sociales. Y su voz no puede ser más clara: los dos motivos principales de la catástrofe fueron la soberbia y la avaricia de los hombres. Y los ejemplos son muchos. Botes con menos de la mitad de plazas que personas a bordo. "Si no pueden conseguir tantos botes, vendan menos pasajes. No hagan naufragar a tanta gente en la noche mas calma y hermosa que jamás se ha conocido en el Atlántico Norte". O un capitán que no hizo caso de los numerosos avisos recibidos y que no quiso reducir la velocidad, sin duda para demostrar que podía llegar antes que sus competidores.
Lo más triste es que como el propio Conrad afirma "Los hombres no cambian. No mucho."
Vale la pena leer los dos artículos que ha publicado Editorial Gadir en un pequeño volumen, con algunos materiales gráficos complementarios y con un magnífico prólogo de Fernando Baeta. Vale la pena leer lo que Conrad afirma que es "la cruda verdad desprovista de la romántica vestimenta con que la prensa ha envuelto este desastre del todo innecesario."
Si alguien se anima, en la red están los artículos originales en inglés:
En una pequeña colección de bolsillo, Alpha Mini, encuentro esta pequeña joya de Joseph Conrad. "El cuento" es en realidad una caja china o muñeca rusa, un cuento dentro de otro cuento, que convergen en las líneas finales para cobrar todo su sentido. Magistral de principio a fin. Con un par de frases, Conrad es capaz de crear la atmósfera necesaria para leer y entrar en otra historia, que aparentemente poco tiene que ver con la primera.
"Al otro lado del ventanal, la luz crepuscular se extinguía poco a poco en un gran brillo cuadrado sin color enmarcado entre las sombras crecientes de la habitación. Era una habitación alargada. La irresistible marea de la noche se apoderaba de su extremo más apartado, donde la susurrante voz de un hombre, apasionadamante interrumpida y apasionantemente reanudada, parecía protestar contra los murmullos de infinita tristeza que le respondían."
En ese entorno de oscuridad y sombra, un oficial de la marina británica le cuenta a una mujer una historia de guerra ubicada en el mar, en la Primera Guerra Mundial. Sólo al final sabremos que el narrador es uno de los protagonistas de la otra historia y entenderemos la verdadera naturaleza del cuento, un cuento sobre el bien y el mal, sobre la responsabilidad y la culpa y sobre el horror de la guerra. Una maravilla. Creo que leer o releer a Conrad va a ser uno de los propósitos de este año.
PD: No puedo evitar leyendo este cuento de marinos, acordarme de algún capitán de crucero de plena actualidad. Qué diferencia de altura. ¿Que diría el viejo Conrad?.
No había leído el libro de Conrad. Tenía la referencia siempre de “Apocalipsis Now”, pero no conocía la novela en que se basa la magistral película de Coppola. Y ahora me resulta imperdonable haber tardado tanto tiempo en descubrirla. Impresionante. Genial.
“Heart of darkness” fue publicada por primera vez en 1899, en tres entregas, para celebrar el número 1000 de una revista inglesa, “The Blackwood’s Magazine”. Y se reeditó por primera vez en libro en 1902, en un volumen titulado “Youth” (Juventud), junto con dos novelas más de Conrad. Hoy, la primera edición del libro se cotiza a casi 3,000 €.
Pese al tiempo transcurrido, la novela es absolutamente moderna. Siempre digo que los libros son como los vinos, que algunos mejoran con los años y otros en cambio, envejecen muy mal. La historia de Marlow remontando el río Congo en busca del misterioso Kurtz, se convierte en un viaje iniciático hacia el corazón de la selva y hacia las tinieblas del corazón humano. Más allá del contexto colonialista en el que se inserta, la novela se convierte en un auténtico manifiesto contra el mito de la naturaleza idílica del ser humano.
Algunos pasajes son tan expresivos que uno se imagina navegando en medio de una selva primigenia, brutal y hermosa a la vez:
“Remontar aquel río era regresar a los más tempranos orígenes del mundo, cuando la vegetación se agolpaba sobre la tierra y los grandes árboles eran los reyes. Un arroyo seco, un gran silencio, un bosque impenetrable. El aire era cálido, espeso, pesado, perezoso. No había júbilo alguno en la brillantez de la luz del sol.”
O mejor aún en versión original:
“Going up that river was like traveling back to the earliest beginnings of the world, when vegetation rioted on the earth and the big trees were kings. An empty stream, a great silence, an impenetrable forest. The air was warm, thick, heavy, sluggish. There was no joy in the brilliance of sunshine.”
O más adelante:
“En cuanto a mí, el escarabajo se arrastraba exclusivamente hacia Kurtz. Pero cuando el casco comenzó a hacer agua nos arrastramos muy lentamente. Aquellas grandes extensiones se abrían ante nosotros y volvían a cerrarse, como si la selva hubiera puesto poco a poco un pie en el agua para cortarnos la retirada en el momento del regreso. Penetramos más y más espesamente en el corazón de las tinieblas.”
Después, la famosa imagen de la muerte de Kurtz, que irremediablemente me trae a la cabeza a un grandioso Marlon Brando:
“Gritó en un susurro a alguna imagen, a alguna visión, gritó dos veces, un grito que no era más que un suspiro: '¡Ah, el horror! ¡El horror!'
Últimas palabras que en la novela aún cobran un sentido más amargo. Casi al final de la historia, Marlow visita a la prometida de Kurtz. Y aquí aparece la mentira de la civilización frente al horror de la historia real. Si preferís leer la novela no sigáis leyendo:
"- 'Oí sus últimas palabras...' Me detuve lleno de espanto.
- 'Repítalas', murmuró con un tono desconsolado. 'Quiero... algo... algo... para poder vivir.'
Estaba a punto de gritarle: '¿No las oye usted?' La oscuridad las repetía en un susurro que parecía aumentar amenazadoramente como el primer silbido de un viento creciente. '¡Ah, el horror! ¡El horror!'
- 'Su última palabra... para vivir con ella', insistía. '¿No comprende usted que yo lo amaba... lo amaba?'
Reuní todas mis fuerzas y hablé lentamente.
- La última palabra que pronunció fue el nombre de usted.' "
El horror y la necesidad de la civilización para seguir viviendo. Un libro de verdad imprescindible.
Para acabar , vuelvo a Apocalipsis Now, ese inicio brutal con la música hipnótica de Jim Morrison: "The end". Lo mejor que se puede decir de la película, sin duda, es que está a la altura de la novela.