No sé porqué me vinieron los viejos y conocidos versos de Jaime Gil de Biedma a la memoria cuando empecé a escribir esta nota. A lo mejor es porque también la historia de Bulgaria es una historia triste, de un país a medio camino entre el Este y el Oeste, al que aún le falta un esfuerzo de optimismo y confianza en sí mismo para acabar de afianzarse en un futuro prometedor.
Llegué a Bulgaria hace tres años y desde entonces viajo allí regularmente, casi una vez al mes. Pese a la imagen de país feo que se me había anunciado, me encontré con una gente agradable que nos ha hecho fácil lo difícil en todo este tiempo. Y aunque me falta conocer muchos de sus paisajes, y apenas he podido ver los monasterios, hemos descubierto una vez más la vieja regla. Se quiere a una ciudad o a un país en la medida en que se quiere a alguno de sus habitantes. Por todos los amigos que tenemos allí, Bulgaria se ha convertido en un país querido.
Una de las evidencias que nos hemos encontrado es el gran desconocimiento que tenemos todos de la historia y realidad del país. Por eso, si alguien tiene curiosidad por descubrir algo de la compleja realidad nacional búlgara; de los siglos de dominación otomana; del renacimiento nacional en el siglo XIX; de toda la convulsa historia de los Balcanes en el siglo XX que llevó entre otras cosas, a la alineación confusa y poco convencida de los búlgaros con el eje nacional-socialista; de la etapa comunista, con su mezcla de igualitarismo, tiranía y corrupción; y finalmente, de la transición a la democracia y al capitalismo, con todas sus contradicciones, le puedo recomendar el libro de R.J. Crampton, sobre la "Historia de Bulgaria". En la mejor tradición historiográfica anglosajona, que tantas obras maestras ha producido sobre el pasado español, Crampton desvela paso a paso la evolución de la sociedad búlgara y nos trae hasta un presente confuso, esperanzado y lleno de posibilidades.
Ahora que Bulgaria es noticia desde el frío y reviven las complicadas relaciones con Rusia que siempre han jalonado su historia, es buen momento para dejar constancia de la calidez de sus gentes, mezcla curiosa de carácter eslavo y proximidad mediterránea. Y para confiar en que el futuro haga que su historia, como la nuestra, tenga una feliz continuidad.

Y para los lectores menos entusiastas, os recomiendo también otro de los pocos libros en los que Bulgaria tiene un papel importante, "La historiadora", de Elizabeth Kostova, que sin ser ninguna maravilla, revive la historia de Drácula en su contexto geográfico y cultural, y se deja leer con amenidad.

PD: Una de las ciudades más bonitas de Bulgaria es sin duda, Plovdiv, situada en el centro del país. Fue conocida antiguamente como Philippopolis, la ciudad de Filipo, padre de Alejandro Magno, que la conquistó en el 342 a.c. Tiene uno de los teatros romanos mejor conservados que he visto nunca y merece sin duda una visita.
